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  • Candela Review

Crónicas de un manifestante II

Carlos González Acosta


392/231: un papelito con dos números



foto del autor


Llegamos a 100 y Aldabó, nos bajamos de la guasabita, y rápidamente entramos por un portón donde nos recibe una parafernalia de oficiales. Hay varias mesas con oficiales sentados, una cámara de vídeo con un bombillo que nos filma en un patio donde tenemos que ponernos de cara a la pared con un oficial detrás de cada uno. Cuando paso por al lado de la cámara que nos está filmando, la saludo. Ahí empieza el espectáculo, donde fungimos como criminales y el que tiene el poder tiene ahora las riendas y está listo para someternos física y psicológicamente.


Cada uno va para una mesa donde da sus datos personales y archivan sus pertenencias. Paso a un cuarto donde entrego la ropa, los cordones de los zapatos, me ordenan que me desnude para hacer una cuclilla y me entregan el uniforme de preso, un nasobuco, una tolla y dos sábanas. Me dan un papelito con dos números 392/231 y me indican que tengo que aprendérmelo. Paso a un cuarto donde me toman una foto de frente y de lado. Típico procedimiento de prisión. Me dirigen a la celda 231, ahora soy un número: el 392.


El procedimiento de desplazamiento es el siguiente: tengo que caminar cabeza abajo con las manos atrás, ellos dirigen totalmente la dirección de mis pasos. Me dicen cuándo tengo que seguir, cuándo tengo que parar, cada vez que uno para debe poner la cara contra la pared. De camino a la celda, exijo mi llamada para informar a mi casa sobre mi paradero: el oficial se niega y me indica que no hable más y que me calle. Obedezco a regañadientes, no tengo otra opción. Cuando entro a la celda está ya X acostado. Se ve preocupado. Coincidimos juntos en Zanja y en la guasabita. La celda tiene un portón que la hace herméticamente cerrada, hay una pequeña ventana cerrada que apenas da una mínima visibilidad, hay 4 planchas de metal cogidas a la pared con cadenas, con unos colchones finos de esponja. Veo la letrina, pero no tenemos ducha. Al poco rato entran Y y Z a la celda. Me acuesto y al rato me llaman: ¡392! ¡Vistáse!


Me llevan a ver a la instructora. Daniela, la instructora, me dice que estoy bajo un proceso de investigación sobre los hechos violentos ocurridos en la manifestación del 11 de julio. Me interroga para que le de mi declaración, pregunta cómo me enteré de la manifestación. Le dije que estaba viendo lo que estaba pasando en Internet, que no sabía dónde habría manifestación. Se interesa por saber de qué forma me detienen, cómo llegué ahí y le explico. En ese momento, por miedo trato de no complicarme mucho, digo que iba a casa de una amiga que vive en La Sortija, vi el grupo de personas y andaba curioseando. Busca que le diga si grité y qué grité, y si grité "Diaz Canel singao". Le digo que no, que la gente andaba gritando "Patria y Vida", esas cosas. Justo en ese instante me acuerdo del agente de la seguridad que me había visto en San Lázaro, entonces le digo que antes también iba a casa de otro amigo y al pasar por San Lázaro, vi otra manifestación, y que después de eso fue que me dirigí hacia la Habana. Ella va escribiendo todo y me da a firmar. Pregunto de qué se me estaba acusando y me dice: "De desorden público". Lo puedo constatar porque lo dice también en la hoja (en otras ocasiones veo también "alteración del orden público", pregunto por qué alteración en vez de desorden y me dicen que es lo mismo, igual después es "desorden público" el término que prevalece). Después le pregunto si podía llamar a mi madre. Y me dice que era muy tarde, eran casi las dos menos cuarto de la madrugada, que la iba asustar dándole esa noticia. Que mañana sin falta se podía hacer esa llamada. Ingenuamente le creo.


Al otro día nos dan el desayuno jugo de pulpa de mango y un pedazo pequeño de pan, los demás días dieron un agua de polvo de batido de chocolate que a X lo mandaba directico para el baño. El despertar era con la Revista Buenos Días puesta bien alto. Ponían también el noticiero del mediodía, y el de por la noche. Eso marcaba la hora del almuerzo y de la comida. Era toda una tortura psicológica para nosotros, y al mismo tiempo, por contraste, nos informaba de la situación.


La comida no estaba del todo mal, por lo menos en los 9 días que estuvimos ahí, estaba mejor que la de un centro de aislamiento de Covid. Dieron pollo desmenuzado, poco, pero dieron. Y también pescado. Dice X que la comida estaba mejor que la de su trabajo. Ese día no tuvimos ducha ni agua, las pusieron al otro día. El calor por las noches era irresistible, a pesar de que había un extractor que refrescaba un poco por el día, pero por la noche el calor era tan infernal que empapabas la sábana a full de sudor. La mejor técnica era dormir en diferentes lados de la cama. Tampoco tuvimos nada de aseo hasta el tercer día y eso fue porque a Y la mamá le envió un jabón que usamos los cuatro. Para fumar solo permitían después del desayuno, después del almuerzo y de la comida. No permitían tener fosforeras ni fósforos en la celda. Había que pedirle fuego a los oficiales, toda una proeza, pues no todos fumaban ni eran serviciales como para prestar sus fosforeras. Eran cotidianos los golpes en la puerta para llamar a los oficiales para prender un cigarro. Ese primer día esperé a que me llamaran para poder hacer la llamada y nunca pasó, no nos llamaron a ninguno. Al segundo día me vuelven a buscar, esta vez otra oficial, una capitana que me pregunta si tengo familiares o amigos en Estados Unidos y en otros países. Y si me recargaban el celular o la tarjeta MLC. Niego todo eso, que tenía amigos en muchos países, en México, España y Nigeria. Sólo les digo eso. Le pregunto cuanto tiempo iba a durar la investigación, ella me dice tranquilamente que no puede decirme, que lo mismo puede ser una semana, un mes o un año, puesto que eran muchas personas las que estaban en eso. Y que se seguían dándo casos (se refería específicamente a La Güinera). Entonces vuelvo a repetir lo de la llamada y me dice que eso es con la instructora, que ella me dirá. Entonces recuerdo lo de la libreta de abastecimiento y le digo que me hacía falta que llamara a mi mamá para que viniera a buscar la libreta para que cogiera los mandados. Me dice que ella se lo dirá.


Z desde el primer día se planta, decide no comer y tomar poca agua, por toda la injusticia de estar ahí y para ejercer cierta presión, lo llaman constantemente para que coma (después él decide abandonar la huelga de hambre al tercer día y posponerla hasta después del juicio). Hablamos mucho entre nosotros todos esos días, hicimos mil historias, cantamos muchas canciones para alegrarnos, para vencer el terror psicológico creado al someternos a un limbo que no sabíamos cómo y cuando acabaría. A X le gustaba que habláramos mucho para no pensar tanto y no fundirse. Yo siempre le aconsejaba a X que tenía que ser fuerte, que ellos podían ser dueños de nuestro cuerpo en ese momento, pero no de nuestra mente ni de nuestro corazón, en los cuales éramos libres. En muchas ocasiones fui mentalmente hasta mi casa a estar con mi familia, a compartir con mis amigos, a caminar por el Vedado y por la Habana Vieja. Medité mucho. Tan zen como yo, era Y. Trataba de mantener la positividad todo el tiempo y dormía bastante para no estresarse. Z estaba acostumbrado a esos lugares, por su experiencia podía sobrellevarlo, aunque esta vez fuera distinto, siempre nos hacía muchas historias sobre cárceles. Los tres eran personas súper interesantes. La detención de X fue porque estaba filmando en el momento que pasaba la contramanifestación revolucionaria, y en eso viene el jefe sector de su barrio que le tenía cierta inquina y decide apresarlo, incluso le da un galletazo en el rostro estando esposado, acto seguido él se defendió con una patada. A Y lo apresan porque cuando sale a comprar cigarros venía la contramanifestación también, y una señora se le para delante a gritarle consignas revolucionarias. Él le dice: "¿Señora, qué tiene? ¡Échese para allá!", y entonces viene la policía y lo detienen. Z estaba en su balcón tomando ron y ve la manifestación pasar, y es cuando baja, filma y grita algunas cosas, y ahí lo detienen. El tercer día me llaman de nuevo para seguir interrogándome sobre la declaración, y las inconsistencias que ella veía en mi declaración. El curso que tuvo la investigación todo el tiempo fue: ¿estuviste o no estuviste en la manifestación? ¿gritaste o no gritaste? ¿qué gritaste? Y lo otro que trataban todo el tiempo de recalcar era: "tú sabes que eso que tú hiciste no estuvo bien porque generó los hechos vándalicos y violentos que se dieron".


Yo siempre alegué que yo estaba en una protesta pacífica, que veía la intención de parte de ellos de criminalizar las protestas pacíficas, que no me podían culpar por esas personas, pues yo ni las conocía ni podía determinar sobre ellas, pues ellas decidieron por sí solas actuar de esa manera. Que no se podía mezclar las cosas, meter a todos en un mismo saco. Cuando le pregunto por el abogado dice que voy a tener acceso a uno en su debido momento, cuando la investigación termine. Me informa que ya le había dicho a mi mamá de mi situación y que estaba haciendo la gestión para hacerle llegar la libreta cuando viniera. Le digo de nuevo que cuándo podré llamarla y me dice: ¿Tienes tarjeta para llamar? Yo le digo que no. Entonces me dice que sin tarjeta no puedo llamar, que no me preocupe que ella le va a decir a mi mamá que traiga una. Me regresan a la celda y hablando entre todos de nuestra situación veo el rumbo que van tomando las cosas, después del proceso investigativo se le mandará esa información a la Fiscalía de la República y ellos iban a decidir qué hacer con nosotros, si nos sueltan o vamos a juicio. X y Y estaban seguros de que sus casos la Fiscalía los desestimaría, pero en lo profundo de mí (al igual que para Z) ya empiezo a sentir en el aire que esto iba a hacer un escarmiento, una forma más del terror que el Estado le imponía a sus ciudadanos para darles una lección. Al mismo tiempo pienso que tenían miedo soltarnos, por ser todavía tan recientes los sucesos y dada la situación existente. Quizá querrían hacerlo cuando todo se calmara. Para ellos somos criminales y estamos a merced completamente de ellos, como un trapo tirado en una gaveta que ellos aplastan, someten a su voluntad y deciden cuándo sacarlo y guardarlo.


El nivel de indefensión experimentado es alto, por eso decido al otro día hacer una huelga de hambre y no comer más, solamente tomar agua. Estimamos que habían cerca de 500 personas presas en par de pisos de 100 y Aldabó. En el piso debajo de nosotros estaban las mujeres, aunque justo al frente escuchábamos a una que estaba sola y tenía meses de embarazo, la doctora y la enfermera venía a verla, la sentíamos vomitar y llorar también. Realmente fuera de tu celda no veías a nadie, sólo se oía a personas que sacaban o entraban, cuando daban golpes para llamar al guardia, nada más. Una noche sentimos a un señor que estaba muy mal de los nervios, empieza a gritar y a llorar diciendo que no podía estar más ahí, que él no había hecho nada, que tenía un hijo y que quería verlo, era un mar de quejidos descontrolados y de nervios. El carcelero totalmente indolente le dice que se calme que él está muy grande para esos lloriqueos. Lo devuelven a la celda. Entonces el hombre espera a que todos se duerman y decide quitarse la vida ahorcándose de la ducha. Parece que en el medio de eso, mueve un jabón que le cae encima a uno de sus compañeros de celda que estaba durmiendo (de esto tuve conocimiento días después al hablar con otros presos). Ahí se forma el tropelaje. Se oían los gritos: ¡Guardiaaaaaaaaa, guardiaaaaaaa! ¡Súbelo, súbelo, súbelooo!!!! ¡Guardiaaaaaa! y golpes súper fuertes en la puerta. Lo sacan de la celda y se oye como dicen que está blanco como un papel, parece que se logró salvar. Nunca supimos que pasó con él. Uno que estaba en su celda exclamó: ¡aquí no lo traigan más, no lo pongan aquí! Se oían muy asustados.


Los días van pasando y con ellos vienen las preocupaciones y se sienten las ausencias. X piensa en su esposa con la que no ha podido hablar y se va de misión, en su trabajo y en la posibilidad que lo puedan despedir. A Y le pesa no haber podido hablar por teléfono el día de su cumpleaños con su hijo pequeño que está en España . A Z le preocupa su casa, que la ha dejado sola, y su esposa con la que no ha podido hablar y estaban medio separados. Yo pienso en mi madre y en mi familia, en lo que deben estar pasando, pienso en cuándo podré ver de nuevo a mis amigos. Trato de calmarme y no pensar mucho para que no me afecte. Me llaman de nuevo para decirme que me había llegado aseo, papel sanitario, unas chancletas y una tarjeta para poder llamar. A partir del tercer día, ya no dejan la luz encendida y podemos dormir mejor, también empiezan a pasar por las mañanas para cambiarnos el nasobuco. Me llama la capitana para preguntarme porque no comía, le respondo. Y me dice que eso es una indisciplina y que no podía hacer eso. Le digo que cuando podía llamar a mi madre que ya tenía la tarjeta y me dice que cuando coma. Yo le digo que voy a seguir sin comer. Me molestan mucho los chantajes. Me regresan a la celda. Por esos días ya pienso en la posibilidad de que revisen mi celular y de que puedan ver los videos que grabé ese día y que no pude borrar, además del acceso a mi información personal que pueda tener en mi Fb y en el WhatsApp . Efectivamente, me llama la instructora y tiene mi celular en su buró. Me dice que le dé el pin y la contraseña, que le hace falta ver las fotos o vídeos que tenga en mi galería. Yo le digo que si eso es así, sin una orden ni nada, que yo tengo información personal y privada ahí. Ella me dice que no me preocupe que lo va a hacer delante de mí. Al verme coaccionado y sin más salida accedo. Empieza a ver en la galería los videos que tengo de la manifestación en donde salgo gritando: "¡Libertad!", "¡Libertad para los presos políticos!", "¡Patria y Vida!". Al verlos ella misma reconoce que ahí estaba de lo más pacífico. Yo le digo claro, si fue una manifestación pacífica. Y me dice: "Ves que sí estabas ahí, viste como al final todo se sabe, tienes que decir la verdad". Al mismo tiempo, me sentí más aliviado, porque ya no tenía que esconder quién era y ya podía decirles libremente lo que pensaba. Le dije que para mí no había cometido ningún delito, porque había estado en la manifestación para ejercer mi derecho a manifestarme pacíficamente haciendo uso de la libertad de expresión. Que todos no pensamos igual, que no veía la razón por la cual estar preso si yo no había atentado contra la autoridad ni había destruido ninguna propiedad del Estado. Ella me dice que en ningún momento se quiere castigar al que piense diferente, que se están investigando los hechos vándalicos que hubo, así como el grado de implicación en las protestas. Me interroga sobre para qué había grabado esos videos, que de seguro lo había hecho para subirlos a las redes sociales y hablar mal de la Revolución. Yo le digo que no, que los había grabado para mí, para tenerlos de recuerdo. Vuelve a insistir para que coma y le respondo que lo hago porque no estoy de acuerdo con todo lo que están haciendo. Pregunto una vez más cuando puedo llamar, y me dicen que cuando los oficiales de la recepción me avisen. Ya después de eso, no insistí más. Nunca me avisaron para llamar (después me enteré que el injusto protocolo que tienen para poder llamar es a los 7 días, tampoco eso pasó). Antes de irme, traté de apagar el celular y la instructora me lo impidió. En los sucesivos días que transcurrieron me llamaron para incitarme a que comiera, me decían que no iba a lograr nada con eso, que iba a afectar mi salud y sólo me hacía daño a mí mismo. Me asombré por ver esos días cómo el cuerpo puede sobrevivir solamente con agua, no pensé que podría hacerlo. Ayudaba bastante el no gastar energías. Tomaba aproximadamente cerca de un pomo y medio de agua al día. Después del 4 día se sentía más pesado el caminar, el estar parado, el estar mucho tiempo sin tomar agua. Era fuerte ver a mis compañeros comer o hablar de comida, realmente daban deseos de “desplantarse”. Me llevaron una o par de veces al doctor para tomarme la presión, pesarme y conversar conmigo. La instructora me dijo que a mi mamá ya le habían informado que no estaba comiendo, que la tenía preocupada y que tuviera en cuenta que ella padece de la presión. También me preguntó por unos carteles que tenía en mi celular que expresaban mis ideas políticas para saber si los había copiado o si los había hecho yo. Le dije que los había hecho yo. Tuve además debates políticos con la capitana sobre mis ideas políticas, sobre cómo yo veía las cosas, y con otra oficial muy desagradable que nunca me dijo su nombre.


Me di cuenta de que el intercambio de ideas con ellos no daba mucho resultado porque éramos de mundos diferentes. Una tarde nos mandaron a buscar para tomarnos las huellas de los dedos y de la palma de la mano, hacernos una foto de nuevo de frente y de lado, y dar los datos personales. También otro día el doctor nos llamó para conformar un expediente médico. En una de esas me llamaron para firmar una medida cautelar de prisión provisional hasta la celebración del juicio. Pregunté para qué prisión me iban a llevar y me dijeron que debía ser la prisión de Valle Grande. Esperé tranquilamente mi destino mientras seguía mi huelga. A uno de mis compañeros ya le habían dado fecha para el juicio, y a los otros no, pero ya se veían montados en ese mismo carro. Hablamos sobre lo injusto de no tener un abogado que nos asesore durante el proceso de la investigación, pues éramos vulnerables a declarar en contra de nosotros mismos sin darnos cuenta. Z alega que lo más probable es que veamos y podamos hablar con nuestro abogado momentos antes del comienzo del juicio, cosa para mí totalmente injusta y absurda, que me hacía ver cuán desprotegidos estábamos. Por esos días me entrevista una capitana también que parece ser la jefa de Daniela y me pregunta por qué no estaba comiendo. Me dice después que seguro en algún momento yo me quité el nasobuco en el medio de la manifestación para gritar más alto y eso era propagación de epidemia, le digo que no, que en ningún momento me lo quité, que si cree que fue así que me enseñe una prueba de ello. También le dije que en Zanja estuvimos como 70 personas hacinadas en un mismo espacio durante 9 horas, donde había personas hasta sin nasobuco, y que si eso no era propagación de epidemia, igual que las manifestaciones que hacen en contra del bloqueo. ¿Por qué algunas eran propagación y otras no? No me respondió nada.


El octavo día me entrevista un primer teniente o capitán, no recuerdo bien, tampoco recuerdo su nombre, lo que sí me acuerdo de su relojón que simbolizaba su estatus económico de privilegios. Y empezamos a hablar de por qué yo no comía, y de todos los inconvenientes de eso. Que eso no me iba a ayudar si iba a juicio, porque si estaba insconciente no se me podía hacer el juicio, y eso retrasaría todo, yo le dije que si el juicio era en esa semana podrían contar conmigo, pero si era la semana que viene no podía decirle. Estaba decidido a no dejar de comer hasta que no me dejaran libre, sabiendo que era una opción muy lejana y casi imposible, aparte de que nadie conocía fuera de mi familia de la existencia de la huelga, y ni sabían si era del todo cierta. Acto seguido empezamos a entablar un debate político donde cada uno plantea sus posiciones políticas, ya transcurrido el tiempo, me doy cuenta que me estoy desgastando de tanto hablar por causa de la inanición voluntaria y decido no hablar más, dejo que hable y empiezo a asentir con la cabeza para ver si termina. Igual no tenía sentido un debate con él, porque no podía ver más allá de su posición. Me llevan a la celda. A la mañana siguiente bien temprano me llaman a mí y a Z para que lo recojamos todo. Sorprendido creo que es para mi traslado a la prisión de Valle Grande. Cuando salimos, sacan a más presos, éramos como 12 personas, reconozco bastantes caras de la estación de Zanja. Nos despiden con el jugo de pulpa de mango, por supuesto continúo plantado, es el sexto día sin comer y el noveno día de estar preso. Viene un Teniente Coronel que nos informa que vamos a ir al juicio y que necesita de nuestra cooperación y de nuestra disciplina y que no quiere que haya ningún incidente. Bajamos a recoger nuestras pertenencias que se quedan envueltas en una sábana. Bajan a tres mujeres también junto con nosotros.


Afuera, en los bajos y en la calle, se repite la parafernalia de oficiales y transportes. Nos esposan y montamos todos en una guaguita. Las mujeres van en una patrulla. Van más carros junto a nosotros en caravana hacia el Tribunal.

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